sábado, 17 de febrero de 2018

"Ecopedagogía: Cultivar la Intuición, la Imaginación, la Creatividad, la Sensibilidad de nuestros Niños a través de la Experiencia"


Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: 
la Naturaleza. 

(Jean-Jacques Rousseau)

La educación tradicional solo ha hecho hincapié en los aspectos cognitivos de los niños, llegando incluso a creer que había un solo tipo de inteligencia y que esta podía medirse y resumirse en un número, en un afán de clasificación que nos permitiera tener la ilusión de que controlamos todo, incluso algo tan mágico y complejo como el ser humano en desarrollo.
La ecopedagogía cultiva especialmente otras capacidades humanas tales como la intuición, la imaginación, la creatividad, la estimulación sensorial y la sensibilidad a través de la experiencia. Con ello, estimula un profundo sentido de conexión con la vida, consigo mismo y con los demás que fomenta y desarrolla la capacidad de empatía y de responsabilidad.
Este nuevo enfoque cambia la filosofía de origen en la que hemos ido creciendo donde el ser humano es el centro del universo y la Tierra es una gran masa inerte, desprovista de vida, como una ingente despensa de víveres y riquezas materiales. Desde este lugar, estamos solos, aislados, profundamente desconectados y esto no nos ha salido gratis.
Nuestros niños van creciendo como pueden en burbujas casi herméticas con universos muy limitados y artificiales formados por pantallas, teclas y hormigón generando trastornos físicos y emocionales a los que damos respuesta con fármacos. Niños enfermos de una sociedad enferma, representan la consecuencia y el síntoma a la vez.
Como el resto de mamíferos, nuestros cerebros están diseñados para lo que se conoce como biofilia, es decir para relacionarnos con las demás especies, animales o vegetales. Se trata de una atracción genética por la vida, una tendencia innata a dar valor a lo que nos rodea y percibimos como vivo.
Educar y criar, alejando a los niños de lo que es innato en ellos, es ir contra su esencia, requiere de un entrenamiento largo y minucioso que solemos llamar “educación”.
Las consecuencias son fácilmente reconocibles, aunque no por ello menos trágicas: nuestros niños han perdido espontaneidad, suelen tener biorritmos alterados, problemas de sueño, sensibilidad limitada, fatiga sensorial y falta de movimiento, entre otros que suelen derivar en alteraciones de conducta y problemas de concentración, el famoso TDAH por ejemplo.
Los pediatras recomiendan exponer a los bebés a la luz solar al menos 15 minutos diarios, ya que es la mejor fuente de Vitamina D, imprescindible para el desarrollo. Numerosos estudios e investigaciones demuestran que la actividad no estructurada al aire libre actúa como un potente preventivo de los trastornos de conducta y que el TDAH mejora.
En la primera infancia, es decir desde el nacimiento hasta aproximadamente los siete años, los niños son poseedores aún de una conciencia mental pura, no necesitan proyectar ni clasificar ni etiquetar ni juzgar. Son capaces de relacionarse directamente a través de los sentidos: tocar, oler, saborear, escuchar, respirar… se trata de absorber el mundo de una forma más fluida y amplía, sin imposiciones artificiales que nada aportan pero sí limitan, como el aprendizaje de la lectoescritura antes de esa edad, típico de nuestra cultura.

“Los niños necesitan dominar el lenguaje de las cosas antes que el de las palabras”

Antes de los siete años, los niños deben correr, saltar, escalar, cuidar plantas y animales, jugar con agua y arena, pintar, escuchar e inventar canciones, no aprender signos estructurados inmóviles entre paredes con pantallas digitales.
Los entornos naturales son idóneos como marco para el desarrollo de la creatividad, la impulsan desde su diversidad de materiales, texturas, colores y su ausencia de indicaciones sobre cómo deben usarse o jugar con ellos. Y la creatividad no sólo es eso que se necesita para pintar un cuadro o escribir un libro, es una capacidad imprescindible en el desarrollo de nuestros hijos porque les prepara para tolerar la ambigüedad, asumir riesgos y ser flexibles, es decir para una sana adaptación a los cambios y avatares de la vida, nada más y nada menos.
Nosotros, los padres, tenemos una irrenunciable responsabilidad en ello, tratando de educar desde la libertad y la humildad de saber, de sentir y transmitir que somos parte, no el todo.
Nuestro papel debiera ser más el de la aceptación serena e incondicional, la confianza en que cuentan con los recursos que necesitan para ser quienes quieran ser, interesarnos honestamente por sus cosas, asegurar que cada día disponen de tiempo libre para jugar, dejar que se aburran sin caer en la pantalla, darles muchas, muchas posibilidades de conexión con la naturaleza, con los otros (humanos, no humanos, plantas, minerales…), evitar organizar su tiempo como si la agenda de un ministro se tratara, no interferir ni dirigir sus juegos, no impedirles que se sienten en el suelo, que caminen descalzos, que toquen, que se manchen, que desordenen… para construir su mundo, primero necesitan “destruir” el nuestro. Sino, se limitarán a copiarlo desde la obediente sumisión, dejándose a sí mismos por el camino.
Seamos facilitadores, no adiestradores. Devolvamos a nuestros niños lo que les pertenece, su conexión con la Tierra de la que son hijos, su innata curiosidad por lo vivo, su tendencia humana al cuidado de otro, a la generosidad, a la empatía, despertando sus sentidos a una sensibilidad diferente, plena, conectada, responsable.
Y de paso, dejémonos llevar nosotros también por esa energía no contaminada que cada día nos regalan tan generosa y abundantemente.

Fuente: 
https://elpais.com/elpais/2017/06/13/mamas_papas/1497350778_146220.html

domingo, 11 de febrero de 2018

"El cuento de Buda y Ananda: La Claridad de las Aguas"


En un caluroso día de verano, Siddhartha Gautama estaba atravesando un bosque junto a su principal discípulo, Ananda. Sediento, el Buda se dirigió a su acompañante:
-Ananda, hace algo más de una hora cruzamos un arroyo. Por favor, toma mi cuenco y tráeme un poco de agua. Me siento muy cansado — el Buda había envejecido.
Así lo hizo Ananda. Deshizo sus pasos, pero cuando llegó al arroyo, acababan de cruzarlo unas carretas tiradas por bueyes que habían removido las hojas muertas y el cieno, enturbiado el agua y convirtiéndolo en un lodazal. Este agua ya no se podía beber; estaba demasiado sucia. Así que Ananda regresó junto a su maestro, con el cuenco vacío.
-Tendrás que esperar un poco — dijo Ananda — . Iré por delante. He oído que a sólo cuatro o cinco kilómetros de aquí hay un gran río. Traeré el agua de allí.
Pero Buda insistió:
-Regresa y tráeme el agua de ese arroyo.
Ananda quedó perplejo, no podía entender la insistencia, pero si su maestro lo solicitaba, él, como discípulo, debía obedecer. Así que volvió a tomar el cuenco en sus manos y se dispuso a iniciar el camino de regreso al arroyo.
-Y no regreses si el agua sigue estando sucia — dijo Buda — . No hagas nada, no te metas en el arroyo. Simplemente siéntate en la orilla en silencio y observa. Antes o después el agua volverá a aclararse, y entonces podrás llenar el cuenco.
Molesto, Ananda volvió hasta allí, descubriendo que su maestro tenía razón. Aunque aún seguía algo turbia, el agua estaba visiblemente más clara. De modo que se sentó en la orilla, observando pacientemente el flujo del río.
Poco a poco, el agua se tornó cristalina. Ananda tomó el cuenco y lo llenó de agua, y mientras lo hacía, comprendió que había un mensaje en todo esto. Ahora podía comprender.
Rebosante de júbilo, Ananda regresó bailando hasta donde estaba Buda, entregándole el cuenco y postrándose a los pies de su maestro para darle las gracias.
-Soy yo quien debería darte las gracias, me has traído el agua — dijo Buda.
-Volví enojado al río — contestó Ananda — , pero sentado en la orilla, he visto como mi mente se aclaraba, al igual que el agua del arroyo. Si hubiera entrado en la corriente, se habría enturbiado de nuevo. Si salto dentro de la mente, genero confusión, empiezan a aparecer problemas. He comprendido que puedo sentarme en la orilla de mi mente, observando todo lo que arrastra: sus hojas muertas, sus dolores, sus heridas, sus deseos… Despreocupado y atento, me sentaré en la orilla y esperaré hasta que se aclare. Por eso, maestro, yo te doy las gracias.

martes, 23 de enero de 2018

"El Cerebro después de los 50"


El Dr. Juan Hitzig es autor del libro “Cincuenta y tantos” Cuerpo y Mente en forma aunque el tiempo siga pasando.
En la página de Gerontología de la Universidad Maimónides se lee:
No hay duda de que el ser humano vive cada vez más. ¿Cómo hacer para que esta longevidad no sea una acumulación de dolencias y enfermedades, sino una etapa vital, plena de experiencias y desarrollo personal?
Las ideas centrales de este libro se basan en investigaciones que demuestran que alrededor de los cincuenta años se encuentra el Punto de Inflexión Biológica que define en qué forma envejeceremos. Transmitiendo experiencias y observaciones que ha hecho a lo largo de su carrera, el autor sugiere ideas y conclusiones que ayudarán a los lectores a acceder a una longevidad saludable. Tomando en cuenta aspectos biológicos, sociológicos, psicológicos e incluso espirituales, presenta una manera de encarar los próximos años que permitirá frenar el envejecimiento y renovar, con inteligencia, la segunda mitad de la vida de muchos.
Profesor de la Universidad Maimónides y reconocido gerontólogo dedicado a estudiar las causas de la longevidad saludable sostiene con humor que:
“El cerebro es un ‘”músculo” fácil de engañar; si sonríes cree que estás contenta y te hace sentir mejor”.
Explica que el pensamiento es un evento energético que transcurre en una realidad intangible pero que rápidamente se transforma en emoción (del griego emotion, movimiento), un movimiento de neuroquímica y hormonas que cuando es negativo hace colapsar a nuestro organismo físico en forma de malestar, enfermedades e incluso de muerte. Con los años, el Dr. Hitzig ha desarrollado un alfabeto emocional que conviene memorizar.
Las conductas con R
Resentimiento, rabia, reproche, rencor, rechazo, resistencia, represión. Son generadoras de coRtisol, una potente hormona del estrés, cuya presencia prolongada en sangre es letal para las células arteriales ya que aumenta el riesgo de adquirir enfermedades cardio-cerebro-vasculares.
• Las conductas R generan actitudes D: Depresión, desánimo, desesperación, desolación.

En cambio, las conductas con S
Serenidad, silencio, sabiduría, sabor, sexo, sueño, sonrisa, sociabilidad, sedación, son motorizadoras de Serotonina, una hormona generadora de tranquilidad que mejora la calidad de vida, aleja la enfermedad y retarda la velocidad del envejecimiento celular.
• Las conductas S generan actitudes A: Animo, aprecio, amor, amistad, acercamiento.

Fíjate que así nos enteramos de que lo que siempre se llamó “hacerse mala sangre” no es más que un exceso de cortisol y una falta de serotonina en la sangre.

Algunas reflexiones más del Dr. Hitzig:
• Presta atención a tus pensamientos pues se harán palabras.
• Presta atención a tus palabras pues se harán actitudes.
• Presta atención a tus actitudes porque se harán conductas.
• Presta atención a tus conductas porque se harán carácter.
• Presta atención a tu carácter porque se hará biología.

Hace muchos años el poeta Rabindranath Tagore decía: 
Si tiene remedio, ¿de qué te quejas? Y si no tiene remedio, ¿de qué te quejas?” 
Podría servirnos para aprender a dejar las quejas y los pensamientos negativos de lado y buscar en cada situación el aspecto positivo ya que hasta la peor de ellas lo tiene. De esa forma nos inundaría la Serotonina con todas sus eses, la sonrisa se nos grabaría en las mejillas y todo ello nos ayudaría a vivir mucho mejor ese montón de años que la ciencia nos ha agregado. Porque, olvidaba escribirlo, el Dr. Hitzig ha comprobado con sus investigaciones que quienes envejecen bien son las personas activas, sociables y sonrientes. No las rezongonas, malhumoradas y avinagradas que nadie quiere tener cerca.
Empecemos hoy practicando las eses frente al espejo para mejorar nuestro humor y cuidar nuestra salud. ¿Estás de acuerdo con el alfabeto emocional? ¿Qué abunda más en tu vida, R o S?
Finalmente todo es cuestión de actitud

lunes, 22 de enero de 2018

"El Sentido de la Vida"




"Ikigai" (生き甲斐) es un término japonés que reúne etimológicamente las palabras ‘ikiru’ (vivir) y ‘kai’ (la materialización de lo que uno espera). Significa algo como "propósito en la vida", o "algo para la que vives", o "eso que te saca de la cama por la mañana".
La psiquiatra Mieko Kamiya explica en su libro ‘Ikigai-ni-tsuite’ (sobre el ‘ikigai’), una obra basada en sus experiencias con pacientes con lepra, que este término tiene semejanzas con la felicidad, si bien posee una sutil diferencia:
se trata de aquello que nos permite mirar hacia el futuro, incluso ante un presente miserable y aciago.

Según Mieko Kamiya, la palabra japonesa "Ikigai" significa dos cosas: el objetivo en sí y el sentimiento de quien siente ese Ikigai. Este último también se puede llamar Ikigai-kan (sentimiento Ikigai). Cuando una persona piensa acerca de cuál es su Ikigai, es probable que haya considerado las siguientes preguntas:
¿Para qué es mi existencia? ¿Es para alguien? ¿Cuál es el propósito de mi existencia? Si hay alguno, ¿soy fiel a eso?
En el artículo titulado "Ikigai: el proceso de permitir que las posibilidades de uno mismo florezcan", el psiquiatra Kobayashi Tsukasa escribe que "la gente puede sentir el auténtico Ikigai solo cuando, sobre la base de una madurez personal, de la satisfacción de diversos deseos, del amor y de la felicidad, se encuentra con los demás y con un sentido del valor de la vida, que avanza hacia la autorrealización".
Gordon Mathews, profesor de antropología en la Universidad China de Hong Kong, explica a The Telegraph que no se trata de un estilo de vida o una filosofía, como lo pretenden vender en Occidente, o simplemente algo tan abstracto como disfrutar: "desconfío de las personas que dicen eso". "Ese no es un principio por el que vives. No es por eso que te levantas por la mañana. Es probable que sea algo mucho más estrecho y mucho más directo, algo que está frente a ti".
"Ikigai no es algo grandioso o extraordinario. Es algo bastante práctico".
"Realmente importa. Si tienes un Ikigai vas a tener una vida mejor, porque tendràs algo por lo que vives"."Escribí sobre un tipo que odia a su jefe, odia su trabajo, y luego llega a casa con su hija aferrándose a su pierna. Es por eso que aguanta esto: ese es su Ikigai".
"Me aseguro de que, ocasionalmente a altas horas de la noche, tomo una copa o dos, no pienso en nada frente a mí, sino que simplemente me siento y pienso en mi vida: ¿cómo me va? ¿Qué me está molestando? ¿Qué está pasando ahora?"
El profesor Gordon Mathews es el autor de "¿Qué hace que la vida valga la pena vivir? Cómo japoneses y estadounidenses dan sentido a sus mundos." Según su libro, las concepciones japonesas de ikigai fusiona otros dos términos: el ‘ittaiken’, o la unión y compromiso con un grupo o un rol y el ‘jiko jitsugen’, que tiene que ver con la autorrealización. Mientras el ‘ittaiken’ significa, por ejemplo, la maternidad por el mero hecho de ser madre, el ‘jiko jitsugen’ explica la maternidad por la satisfacción que esta proporciona.
"Japón es una sociedad compleja, especialmente en lo que se refiere al individuo como parte de la sociedad" explican en Japonismo. "Hemos explicado muchos conceptos complejos como la jerarquía de una sociedad vertical (tate shakai), la dependencia permisiva (amae), la grupalidad de la sociedad japonesa (uchi/soto) o la dicotomía entre el deseo interior y lo que uno puede expresar (honne/tatemae), por mencionar sólo algunos. Muchos de estos conceptos nos llevan a entender la lucha interna que en muchos casos sufre el individuo japonés a la hora de relacionarse con el resto de la sociedad."
Según Gordon Matthews, el japonés crea su propio ser a través de estas tácticas:
Nivel ‘tomar por sentado’, que son las prácticas sociales incuestionables. Por ejemplo, el modo en el que se habla y trata al superior en la oficina.
Nivel ‘qué le vamos a hacer’, o "shikata ga nai", por ejemplo el "sarariiman" o trabajador que debe trabajar largas jornadas, lo hará porque es lo que se espera de él.
Nivel cultural: el nivel más ‘libre’, el del "yo" en el que cada uno puede dar rienda suelta a sus deseos e impulsos.
“Los japoneses se amoldan para justificar su ikigai durante toda la vida, para así mantener viva la idea de que merece la pena vivir en un mundo social, sea éste real o imaginario”, explica Gordon Matthews.
Tras periodos históricos como la Segunda Guerra Mundial o desastres naturales como el terremoto de 2011, durante los que lo primordial era "arrimar todos juntos el codo", y en los que los niveles del "dar por sentado" y "qué le vamos a hacer" eran los que se anteponían a los propios deseos, ha surgido el deseo de hacer las cosas “porque quiero”. Claro que primero hay que saber qué es lo que realmente se quiere, descubrir y comprender el propio ikigai y así luchar para conseguirlo. Es la oportunidad de replantearnos nuestra vida y su significado. Según Riichiro Ishida, la búsqueda del ikigai “da al ser humano la capacidad de integrar eventos psicologicamente estresantes en el pasado, presente y futuro con menos confusión o conflicto.”
Otra de las causas que hacen reflexionar sobre el propio "ikigai" es la jubilación, ya que debido al envejecimiento de la población, los japoneses disponen de más años para disfrutarla. O el hecho de que los trabajos de por vida hayan desaparecido, hace que hombres y mujeres japoneses se replanteen cual es realmente su ikigai, o si su vida está más encaminada a las obligaciones y normas sociales, la aceptación de unos roles sociales (auto)impuestos, o el propio deseo.
Este tipo de eventos, crisis personales, desastres naturales, guerras... nos dan la oportunidad de replantearnos cuestiones importantes en la vida, como puede ser el significado de nuestra vida hasta el momento, el concepto de felicidad o hasta cómo queremos vivir a partir de ese momento.
Conocerlo no es suficiente. El término no designa un comportamiento pasivo, sino propósito en acción.
Okinawa es un ejemplo. Posee la mayor cantidad de centenarios del planeta en proporción al total de su población:“Viven de media siete años más que un americano”, afirma Matthew. Si bien la calidad de la dieta juega un papel destacado para que sus habitantes logren alcanzar el siglo de vida, gracias al "hara hachi bu" (comer solo hasta que estés lleno al 80%), otros rasgos juegan un papel más importante, como disponer de un "moai": un pequeño grupo de amigos que te apoyan como lo haría una familia. Un grupo informal creado por personas que se comprometen a ofrecerse mutuamente asistencia emocional, social o incluso financiera. El concepto se originó cuando los agricultores se reunían regularmente para discutir las mejores formas de plantar cultivos y cómo apoyarse mutuamente en caso de que fallaran.
Kimiko Nishimoto es otro gran ejemplo. Encontró su Ikigai a los 71 años, y su lado artístico. Comenzó a tomar fotos de naturaleza y colores abstractos, pero algunas de sus mejores fotografías son autorretratos que reflejan su sentido del humor: en una bolsa de basura, disfrazada de gorila o simulando un atropello.
https://www.facebook.com/kimiko.nishimoto.official/

Accede al original

domingo, 21 de enero de 2018

"Jung y el No Interferir en el Proceso Psìquico"

En la conformación de su propia teoría psicoanalítica, Carl Jung estudió las más diversas culturas, desde la alquimia occidental hasta el taoísmo, entre muchas otras corrientes un tanto oscuras para el pensamiento moderno. Notablemente, en su comentario al texto de alquimia interna taoísta "El secreto de la flor de oro", el psicólogo suizo revela lo que podríamos considerar el secreto para la integración de la psique humana, algo así como el mecanismo que conduce a la piedra filosofal que es el alma en su estado individuado. 
Esta forma de operar de la psique es paradójicamente un no-hacer, lo cual es, como famosamente expresó Pascal, lo más difícil que podemos hacer: no interferir, dejar que la naturaleza corra su curso, que se autorregule y que la luz de la vida se actualice en nosotros. 
Este concepto se encontraba claramente en el wu wei taoísta, pero también en la teología del dominico alemán Meister Eckhart, quien enseñó que al anular la propia voluntad, la divinidad se asentaba en el alma y la creación (el Logos) perpetuamente se rehacía en toda su gloria.
Como dice el teólogo Matthew Fox, Jung aprendió de Meister Eckhart el significado de "la liberación en un contexto psicológico":
¿Qué hicieron estas personas para hacer posible el desarrollo que las liberó? 
En tanto lo que puedo ver, no hicieron nada (wu wei) sino que sólo dejaron que las cosas sucedieran. 
Como el maestro Lü-tsu enseña en el texto, la luz circula conforme a su propia ley si uno no abandona su propia vocación. El arte de dejar que las cosas sucedan, la acción a través de la no-acción, dejar ir el propio yo, como lo enseña Eckhart, fue para mí la llave que abrió la puerta hacia el sendero. Debemos dejar que las cosas sucedan en la psique. Para nosotros, esto es de hecho un arte del cual casi nadie conoce nada. 
La conciencia siempre está interfiriendo, ayudando, corrigiendo y negando, nunca dejando que el proceso psíquico fluya en paz...
Podemos encontrar en esto, que Jung nos dice, es lo más simple (pero lo más simple es lo más difícil), la clave abierta al acertijo de la psique. Desde la misteriosa filosofía de Lao-Tse hasta la genial síntesis de racionalidad e intuición que es la obra de Jung. 
Nos dice el Tao Te King que "el sabio busca no-hacer y deja que las cosas sigan su curso". Es de sabios no interferir, pero para poder lograr realmente no interferir es necesario un gran entendimiento de la realidad, un conocimiento de los mecanismos de la mente y de la naturaleza, una confianza en esa naturaleza, en el universo, en la inteligencia cósmica, dios, etc., y la calma y tranquilidad que da ese conocimiento para simplemente observar e incluso disfrutar desapegadamente del flujo. Este conocimiento no es fácil de adquirir (aunque a la vez es lo más sencillo, es nuestra propia naturaleza) y solemos esforzarnos demasiado en intentar lograrlo... mientras tanto, podemos confiar en sabios como Eckhart o Jung y en nuestra misma intuición e intentar no aferrarnos a los sucesos y dejar que todo ocurra por sí solo, como si las cosas fueran en sí mismas perfectas y milagrosas.

miércoles, 17 de enero de 2018

"Cinco Dìas de Silencio"


Como requisito para la certificación como instructora del Método Eline Snel©: retiro de cinco días de silencio.
¿Cómo? ¿Cinco días? ¿Seré capaz? Tantas horas de meditación. Yo solo medito unos 45 minutos al día. ¿Podré? Siento, entre otras emociones, miedo. Pero un miedo positivo, curioso, ilusionado, emocionado con la novedad… un miedo cargado de juicios, de prejuicios, de anticipar algo que no sé si será así… sin juzgar, Amelia, me digo cariñosamente. Lo intento. Mi cabeza pensará demasiado, demasiado tiempo libre, incomunicación con mi chico, mi casa, mi trabajo… ¿Seré capaz?


La Experiencia
Semana previa
Inquietud, emoción, preparativos.
Me acompañará un cuaderno. Lo elijo con presencia, la textura, las hojas, el color. Preparo boli, lápiz, rotuladores. Aprenderé sobre las emociones, tema que me atrae muchísimo. Eso me anima más. Aprenderé de un maestro, compartirá con todos una pizca de sus conocimientos. Eso me anima más.
Ropa cómoda. Ropa con la que estoy a gusto. Una manta. Mi manta. Morada, acogedora, cariñosa, me ha acompañado siempre en mi camino de aprendizaje del mindfulness.
Paca, mi rana. Esta vez mini-Paca. Un poco mi álter ego. Ese regalo que llega al corazón y se convertirá en compañera de experiencias y novedades.
Y la curiosidad y el miedo, “diferente” y extraño, envueltos en papel de seda. Todo dentro de la maleta.
Habrá dos personas conocidas, con una compartiré viaje, camino, carretera. Feliz. Reconforta. Tranquiliza.
Los dos primeros días
Llegar. Tras un camino de agradable charla. Comprobando que sentimos lo mismo. Llegar y ver más caras conocidas. Más corazones conocidos. Más reconfortante.
Llegar a un lugar impecable. Cada hoja de árbol, cada brizna de hierba, cada piedra, parecen delicadamente colocados en su orden preciso y delicado. Paz.
La habitación. Una cama, un escritorio un baño. No necesitamos más.
La sala. Al entrar transmite calor de ese del corazón.
Los horarios. Vuelve el susto. ¡Venga Amelia! Podrás.
Tras una ronda en la que escuchamos las voces de todos, presentándonos, creando un álbum de personas de diferentes edades, profesiones, vidas, pretensiones… llega el silencio. Así. Sin más. Llega para quedarse cinco días.
Los dos primeros días me siento cansada, agotada, mi cuerpo y mi mente necesitan adaptarse a la rutina. Los pensamientos que se entrometen e intentan colarse en el fluir de los días me dicen “¿Qué haces aquí? ¡Con la de cosas que has de hacer allí!”. A pesar de haber más personas conocidas de las que sabía, al principio me siento una extraña en un lugar extraño haciendo cosas extrañas. No le veo finalidad… pero dejo que ese mismo fluir, ese mismo dejarse llevar por la situación que es así, me enseñe ese “porqué estoy aquí”. 

Me dejo llevar… de hecho, no hay nada más que hacer que eso, dejar que vaya pasando, apreciar cada segundo… y es eso lo que me va enseñando a valorar cada instante… y el amanecer del tercer día descubro que es eso mismo la finalidad ¡eureka!
Los otros tres días
Yo conmigo. Nada que hacer más que seguir la rutina. Yo con yo. En mí. Para mí. Compartiendo con otras personas la presencia. Compartiendo con otros un lugar en el mundo. Aprendiendo juntos. Compartiendo un amanecer, regalándole al cuerpo una sesión de Qi Qong. Unos rayos de sol. Un desayuno. Un meditar juntos.
Pasear. Echarse en la cama. Observar. Sentir.
No necesito hablar. Necesito sentir. Y descubro que siento la brisa, los olores de la mañana, los sabores de la comida. El tacto del suelo al meditar andando. De la hierba. De la madera, del terrazo.
Me descubro sentada, todos los ratos libres, en el mismo escalón de madera vieja. Ese lugar me regala el ver cómo se mueven las nubes. Cómo son de bellas las bandadas de pájaros. Cómo se mueven rítmicamente, todos al son, los cipreses. Cómo es la vida de las monjitas. Cómo una abeja se posa en una flor. Cómo es de bonita y diferente la flor de romero.
Mi cuerpo agradece la dedicación. La calma. Lo noto en la respiración, en el ritmo del corazón, en la mente despejada y centrada, atenta.
Descubro que no hablar y que no te hablen no es estar solo. A veces hablando con gente te sientes solo. Pero aquí es diferente, todos estamos conectados, en silencio, sientes al grupo. Y no te sientes para nada solo.
Me descubro de manera distinta. Comprendiendo que hay beneficios para mi ser. Me siento bien, genial.
Me siento, al igual que cuando descubrí la meditación, como una mariposa que ha salido del capullo. Libre. Extiendo mis alas y sobrevuelo el presente.
Y me doy cuenta que me gusta esta sensación. Me doy cuenta que es esto lo que quiero transmitir a los niños. Que ver las cosas de otra manera es posible. Que vivir sin remover el ayer y sin acelerar el mañana tiene beneficios. Que cuidar el cuerpo, la mente y el corazón te hace sentir bien. Que si tú te sientes bien haces que tu entorno esté bien. Y eres más capaz de responder, sin reaccionar, haciendo que tus relaciones sean mejores y las otras personas se contagien de ti.
Entonces entiendo el por qué del requisito. Y veo la importancia del retiro. Y me digo a mi misma que lo haré más veces.
Y cuando se rompe el silencio, lloro. Es un llorar que no es triste. Esos corazones que ya nos habíamos reencontrado, que conectamos en el camino del aprendizaje, se acercan y nos abrazamos.
Y agradezco todo: La compañía silenciosa y cariñosa. Las enseñanzas. La experiencia. La ramita de romero que apareció en mi silla.
Has podido, Amelia. Has superado otro escalón. Y encima has aprendido tanto, tanto de la vida, para la vida, con la vida…


“El milagro no es caminar sobre el agua. 
El milagro es caminar sobre la tierra verde en el presente, 
apreciar la belleza y la paz de la que se dispone ahora.” 
Thich Nhat Hahn

Amelia Piñana, instructora certificada por AMT España en el método Eline Snel, comparte con nosotros su experiencia de un retiro de silencio de 5 días, que fue bien diferente a todo lo que había previsto. Amelia vive en Benicarló y es psicóloga infanto-juvenil especializada en TDAH, tema sobre el que imparte formaciones y conferencia a profesionales y familias.

jueves, 11 de enero de 2018

"Abrirse al Amor"

Hemos puesto sobre la mesa un tema que no se marca de manera habitual en relación a Rock Water, pero que la clínica lo torna esencial: aprender a amarse a uno mismo, portarse bien con uno mismo.
Amarse a uno mismo es, también, aceptar todo aquello pobre, solitario, doloroso, oscuro, desdichado y malogrado que vive dentro de mí y que lo hace ser un trozo mío que rechazo y me avergüenza y que quisiera poder borrar de mi historia y mi existencia. 
Amarse a uno mismo es admitir el vaivén de la oscilación, el desgarrón de la tristeza, el estrépito de la agitación y la presión del descontrol, el vacío  y abandono que, muchas veces, cierran el corazón a la desventura, lo sombrío y necesitado. 
Amarse a uno mismo consiste, además, en no renegar de lo desagradable que forma parte de lo que uno es. Dejar de ser severos con nuestras imperfecciones y fallidos, tolerar los enredos que generamos, historias que embrollamos, relaciones que enmarañamos.
Ser compasivos con nosotros mismos es una actitud necesaria para sanar, evolucionar y seguir adelante. 
Si se carece de esta disposición, la curación se estanca y la infelicidad ocupa los rincones y parajes de nuestra vida. 
Abrirse al amor no sólo consiste en dejar que los otros o algún otro/a entre en nuestro corazón. En esencia, abrirse al amor, consiste en amarse a uno mismo y desde ese lugar, el exceso de amor que llena nuestra alma, se derrame y se comparta. 
Amar la perfección no es amar, sino una traición al amor, una apostasía donde Rock Water se encuentra atrapado. 
Mi querido Fernando Pessoa, escribió las siguientes líneas: 
El alma más perfecta es aquella que no aparece nunca. 
El alma que está hecha con el cuerpo, 
el absoluto cuerpo de las cosas, 
la existencia real en absoluto, sin sombras ni errores, 
la completa y exacta coincidencia de una cosa consigo.

Autor: Eduardo Horacio Grecco