jueves, 16 de mayo de 2013

"El Placer Negativo", por Bárbara Brennan


En alguna parte de nuestro interior, nos complace estallar. Dar salida a la energía supone un alivio, aunque no lo hagamos de una forma clara y directa, aunque no asumamos la responsabilidad cuando lo hacemos. Hay una parte de nosotros que disfruta vertiendo nuestra negatividad sobre los demás. Esto se denomina «placer negativo», y se origina en el ser inferior. 
Estoy segura de que usted recordará haber sentido placer en alguna acción negativa que haya hecho. Cualquier movimiento de energía, negativo o positivo, es placentero. 
Esas acciones transmiten placer porque son estallidos de energía que se ha almacenado en el interior. Si usted experimenta dolor cuando la energía empieza a moverse, pronto seguirá el placer porque, a medida que suelta el dolor, libera también la fuerza creativa, que se experimenta siempre como placer. 
El placer negativo tiene su origen en el ser inferior. Nuestro ser inferior es la parte de nosotros que ha olvidado quienes somos. Es la parte de la psique que cree en un mundo separado y negativo y que actúa de acuerdo con él. 
El ser inferior no niega la negatividad, sino que la disfruta. Tiene la intención de gozar del placer negativo. Puesto que el ser inferior no niega la negatividad, como sí lo hace la máscara, es más honesto que ésta. 
El ser inferior es veraz respecto a su intención negativa. No finge ser bueno, porque no lo es. Impone sus intereses y no se anda con rodeos. Dice: «Yo me ocupo de mí, no de ti». No puede ocuparse de sí mismo y de otro por causa de su mundo separado. Gusta del placer negativo y quiere más. Conoce el dolor existente en la personalidad, y no tiene ninguna intención de experimentarlo. La intención del ser inferior es preservar la separación, hacer todo cuanto quiere hacer, y no sentir dolor. 
Por supuesto que durante el proceso de maduración no toda nuestra psique está separada del núcleo. Una parte de nosotros es franca y afectuosa, sin ánimo de lucha. Está directamente conectada a nuestra divinidad individual interna. Está llena de sabiduría, amor y valor. Establece conexión con el gran poder creativo. Facilita todo lo bueno que ha sido creado en nuestra vida. 
Es la parte de nosotros que no ha olvidado quienes somos. 
Donde haya paz, alegría y satisfacción en su vida, es allí donde su ser superior se ha manifestado a través del principio creativo. 
Si se pregunta qué se entiende por «quién es realmente» o «su verdadero ser», explore estas áreas de su vida. Son una expresión de su verdadera esencia. Nunca asuma que un área negativa de su vida expresa su verdadero ser. Las áreas negativas de su vida son expresiones de quien no es usted. Son ejemplos de cómo ha bloqueado la expresión de su verdadero ser. La intención del ser superior es la verdad, la comunión, el respeto, la individualidad, una autoconciencia clara y la unión con el creador. 

Nota: Bárbara Ann Brennan es una sanadora, terapeuta y científica. Después de completar un master de Física Atmosférica en la Universidad de Wisconsin fue investigadora de la NASA. Durante los últimos años ha estudiado y trabajado en el campo de la energía humana, y ha participado en proyectos de investigación en la Universidad Drexel y en el Instituto de Nueva Era. Se ha especializado en terapia bioenergética.

domingo, 14 de abril de 2013

Inteligencia Emocional: hacernos cargo de lo que sentimos y ponernos en el lugar del otro.




En los años 90 dos psicólogos norteamericanos, Peter Salovey y John Mayer, dieron nombre a una facultad primordial del comportamiento humano que tiene que ver con la forma como nos adaptamos a las contingencias de la vida, denominándola “inteligencia emocional”. Hay dos pilares básicos en los que se fundamenta la inteligencia emocional: tomar contacto con lo que sentimos en cada momento y ponernos en el lugar del otro, para intentar comprender también lo que el otro siente. Sin embargo, esto por sí sólo no es suficiente; para desarrollar la inteligencia emocional necesitamos aprender a gestionar la información. Es decir, debemos visualizar con una nueva mirada ese conglomerado de pensamientos, imágenes, emociones y sentimientos que fluyen de forma incesante en nuestra mente, hasta transformarlo en una herramienta que nos ayude a canalizar el pensamientos y las acciones, de manera adecuada y según nuestros propósitos.
Solamente cuando somos capaces de encausar los sentimientos, los pensamientos y las acciones de forma productiva, por voluntad propia y de acuerdo con nuestra realidad, en nosotros mismos a la vez que con el entorno, podemos decir que poseemos una adecuada inteligencia emocional. Como sabemos, el que una persona posea esta capacidad no significa que tenga un coeficiente intelectual alto, aunque puedan haber rarísimos casos en los que de forma innata se den ambas cosas. Lo más común es encontrar personas muy inteligentes intelectualmente pero incapaces de experimentar el bienestar en su vida, debido a las ataduras autoimpuestas provenientes de las propias inseguridades y/o de aquellos aspectos emocionales no resueltos. También hay personas que proyectan su vida de forma parcelada, utilizando o desarrollando sus recursos sólo en una faceta de su existencia, sobresaliendo en una área pero débiles o infelices en los demás aspectos; de ahí que se hable de inteligencia social, física, verbal, espiritual, etcétera. Otros en cambio, sin tener una inteligencia brillante, logran proyectar y concretar sus anhelos, encausar los cambios necesarios, innovar y desarrollar una vida personal, familiar y social de forma productiva a la vez que armónica.

Para comprender estos mecanismos que secundan nuestro despliegue en la vida, lo primero que debemos tener presente es que generalmente tan sólo el 10% de la información que circula por nuestra psiquis se relaciona con la experiencia presente -es el porcentaje de la actividad mental que denominamos consciente-; el 90% restante viene de nuestro pasado, aflorando desde el inconsciente: experiencias que van quedando registrada en la psiquis y que posteriormente emergen, transformadas en emociones, imágenes o pensamientos que condicionan nuestra forma de reaccionar y actuar. Por esto, a veces no comprendemos porque respondemos de una u otra forma ante una determinada situación, o porque tomamos una decisión y no otra.

En el artículo anterior explicaba de manera similar el mecanismo de la intuición, y es porque la intuición forma parte de la inteligencia emocional, necesaria para el desarrollo de nuestra vida y su proyección hacia el futuro. Por lo tanto, debemos tomar contacto con nuestras emociones ya que son una fuente de información importantísima, útil para nosotros mismos y para conducirnos en la vida. En su libro “El directivo emocionalmente inteligente” David R. Caruso y Peter Salovey exponen seis afirmaciones que deberíamos tener presente:


1. La emoción es información.
2. Podemos intentar ignorar la emoción, pero no podemos ignorar cómo actúa en nosotros o en los demás.
3. Ignorar la emoción no es tan bueno como se piensa comúnmente.
4. Las decisiones deben incorporar las emociones para que sean efectivas.
5. Las emociones siguen patrones lógicos, aunque no lo parezca.
6. Existen emociones universales, pero actúan de un modo específico en cada persona y según las circunstancias.


En otras palabras, a través de las emociones descubriremos un camino para explorar de forma honesta tanto nuestros recursos como las debilidades que poseemos y, al mismo tiempo encontraremos las fortalezas necesarias para redibujar y proyectar nuestra vida. Sin embargo, la mayoría de nosotros tendemos a procesar la información de la misma manera como nos la han entregado y ni siquiera intentamos averiguar si hay otras alternativas. Etiquetamos y organizamos todo con los patrones aprendidos: lo que sentimos, el pensamiento, lo que vemos e incluso las emociones.

Si logramos desestructurar esos patrones, intentando visualizar la vida, los miedos, el dolor, la enfermedad, las alegrías, la familia o los proyectos que tenemos desde otra perspectiva, desplegaremos una mirada distinta a la habitual, relacionaremos de otra forma los sucesos vividos, permitiendo que afloren nuevos canales de conocimiento y percepción; conseguiremos así romper con ese viciado código con el que nuestra mente acostumbra a funcionar.

Por eso también la creatividad es un componente de la inteligencia emocional, ya que nos permite explorar las cosas y los hechos desde una perspectiva diferente a la que estamos habituados, nos permite ir más allá de esa forma de pensamiento alienado, a la que la rutina del día a día y la sociedad en la que vivimos nos conducen. Según la experiencia que he tenido al impartir mis talleres, he corroborado cómo las personas que se han comprometido seriamente con el proceso experimentado en el taller, además de impresionarse a sí mismas por los logros estéticos o plásticos realizados, consiguen una proyección más honesta y más libre de su vida; de este modo, reforzados en su valía personal comienzan a visualizar cada día como un reto creativo, seguros de que poseen todos los recursos para enfrentarlo.

Pensar que “nada puedo cambiar” o “que mi vida es así y no hay más” no es la mejor forma de luchar por una existencia más plena. Tal vez no podamos cambiar algunas cosas o personas de nuestro alrededor -aunque les puedo asegurar que podemos mucho más de lo que creemos-, pero sin duda lo que sí podemos cambiar es el prisma con el que vemos las cosas. Además, al transformar la mirada nos liberamos y dejamos salir el amor y la sabiduría interior que poseemos. Es un buen comienzo ya que en este prisma se sustenta el sentimiento de la felicidad; a partir de ahí dependerá de nosotros hacia dónde queramos llevar nuestro personal proceso de transformación. ¡Os invito a dejar de lado la comodidad y los temores, buscad formas de transformar la mirada y cogeréis las riendas de vuestra vida!


http://procreartevida.wordpress.com

Patricia Abarca ... Matrona, Doctora en Bellas Artes


domingo, 10 de marzo de 2013

Una nueva Comunicación, N. D. Walsch.



Vamos a cambiar la palabra hablar por la palabra comunicarse. Es un término mucho mejor; resulta más completo y más apropiado. Cuando tratamos de hablar a otros - tú a Mí, Yo a ti -, inmediatamente nos vemos restringidos por la increíble limitación de las palabras. Por esta razón, no me comunico únicamente con palabras. En realidad, rara vez lo hago. Mi modo usual de comunicarme es por medio del sentimiento. 
El sentimiento es el lenguaje del alma.
Si quieres saber hasta que punto algo es cierto para ti, presta atención a lo que sientes al respecto
A veces los sentimientos son difíciles de descubrir, y con frecuencia aún más difíciles de reconocer. Sin embargo, en tus más profundos sentimientos se oculta tu más alta verdad. El truco está en llegar a dichos sentimientos. 
El pensamiento y los sentimientos no son lo mismo, aunque pueden darse al mismo tiempo. Al comunicarme con el pensamiento, a menudo utilizo imágenes. Por ello, los pensamientos resultan más efectivos como herramientas de comunicación que las mismas palabras. Además de los sentimientos y pensamientos, utilizo también el vehículo de la experiencia, que es un magnífico medio de comunicación. Y finalmente, cuando fallan los sentimientos, los pensamientos y la experiencia, utilizo las palabras. 
En realidad, las palabras resultan el medio de comunicación menos eficaz. Están más sujetas a interpretaciones equivocadas, y muy a menudo a malentendidos.¿Y eso por qué? Pues debido a lo que son las palabras. Éstas son simplemente expresiones: ruidos que expresan sentimientos, pensamientos y experiencia. Son símbolos. Signos. Insignias. No son la verdad. No son el objeto real. Las palabras le pueden ayudar a uno a entender algo. La experiencia le permite conocerlo. Sin embargo, hay algunas cosas que uno no puede experimentar. Por eso existen otras herramientas de conocimiento: son los llamados sentimientos; y también los pensamientos. 
Se le da tan poco valor a la experiencia que, cuando la experiencia difiere de lo que se ha oído, automáticamente se desecha la experiencia y te quedas con las palabras, cuando debería ser precisamente lo contrario.
Tu experiencia y tus sentimientos sobre algo representan lo que efectiva e intuitivamente sabes acerca de ello. 
Las palabras únicamente pueden aspirar a simbolizar lo que sabes, y a menudo pueden confundirlo.

Del libro "Conversaciones con Dios"....

domingo, 3 de marzo de 2013

Cómo benefician a los niños las Flores de Bach


¿Cómo es la consulta con un terapeuta floral? 
Lo primero es una entrevista con el niño, que provee al terapeuta de un bagaje 
importante de datos para el momento de decidir qué flores irán en su fórmula. Se 
observa la postura, el modo de hablar, la carita, la mirada del niño...
Las flores de Bach, ¿curan enfermedades? 
No curan enfermedades, sino que equilibran emociones. Los niños tienen fuerzas 
internas potenciales, que cuando no se pueden expresar es porque están ausentes, 
como un niño triste, abatido, que le falta la alegría natural. En ese plano entrará a 
actuar la esencia floral, en el desequilibrio emocional, y eso naturalmente tendrá un 
correlato en su cuerpecito. Por eso se dice que no curan males específicos, sino los 
desequilibrios emocionales que se producen con estos problemas. Cada niño tiene 
un temperamento, que es biológico y que trae como carga genética, y que es 
modificado por el medioambiente. 
¿Cómo actúan las flores de Bach?, ¿cuáles son sus propiedades?
Básicamente son agua, no tienen ningún compuesto químico. El agua es un muy 
buen vehículo; es el mejor transportador o conductor de energía, y lo que hay en 
los frascos es energía floral, capturada de las 38 flores elegidas por el creador del 
sistema, el Dr. Edward Bach. Las flores tienen una propiedad vibratoria, cada una 
vibra en forma diferente, y cuando ese patrón vibratorio resuena con el nuestro, se 
consigue la curación. 
¿Se pueden comprar en cualquier lugar? 
Sí, pero quizás la eficacia no es la misma que si es preparada por un terapeuta, 
porque las emociones son mezclas de estados, no son emociones puras, por lo que 
es mucho mejor hacerlo como una fórmula. Pero se puede. 
¿Se pueden usar esencias de un niño en otro niño con el mismo mal? 
No, porque cada fórmula está pensada para cada persona. 
¿Desde qué edad se pueden usar? 
Desde el momento de nacer, cuando se sale del vientre de su mamá. 
¿Hay niños a los que nos les hace efecto? 
La experiencia clínica dice que la esencia floral hace todo el esfuerzo por 
restablecer la armonía del niño y sacarlo adelante, pero si el niño está en un 
medio de desamor, no pasará nada. Si está en un ambiente de agresión, de 
violencia intrafamiliar o indiferencia, ninguna fórmula, por precisa que sea, logrará 
hacer algo. Los medicamentos tampoco hacen efecto si no se hace modificación del 
entorno. 

Las dos flores más utilizadas en los niños: 
Luego de la evaluación de cada niño, el terapeuta elaboran una mezcla de estas 
flores que trabajarán con cada emoción perturbada. Sin embargo, destacan dos que son especialmente utilizadas en el mundo infantil: 
- Impatiens: para el niño irreflexivo, intolerante a la frustración, impulsivo, de 
actividad mental desmesurada, inquieto, impaciente. Puede presentar torpeza 
motora o atropellamiento al hablar y dificultad para fijar la atención por períodos 
prolongados. Se irrita fácilmente y en la casa parece ser un tornado de actividad. 
En el colegio colma la paciencia. Es un niño que se accidenta a menudo, que se 
rompe sin querer, que está continuamente moviendo los pies, que se sienta en su 
puesto como si fuera a salir disparado en cualquier momento o hace sonar los cubiertos mientras esperan que le sirvan la comida.  Es poco prolijo. Olvida cuadernos y 
estuches debajo del banco, no sabe si por la mañana salió con más ropa de la que 
lleva puesta, es de juego brusco, no le gusta ceder su turno ni esperar a que 
llegue. 
En el plano físico, suele presentar contracturas musculares, dolores de 
cabeza, bulimia, tics, malos hábitos alimentarios, alto consumo de azúcar y líquidos 
y mal dormir. Sus padres suelen describirlos como nerviosos o agotadores. 
Al tomar esta esencia, poco a poco aparece la paciencia, baja el nivel de 
intolerancia e impulsividad, y mejora notoriamente la capacidad de empatía del 
niño en la casa y escuela. 
- Holly: es para el niño susceptible o hipersensible, que reacciona 
desmesuradamente a los estímulos, sobre todo a aquellos relacionados con los 
afectos. Se siente a menudo perjudicado, agraviado por sus pares y adultos. 
Celoso, lo desestabiliza la llegada de un nuevo hermano. Se pone agresivo. 
También suele afectarlo la envidia, a tal punto que se puede enfermar físicamente. 
Muchas veces los padres los describen como constantemente insatisfecho. No tolera 
frustraciones y se irrita cuando algo sale mal. A menudo ofende con reacciones 
exageradas. Se levanta de mal humor. Es inseguro. 
Al tomar la esencia: poco a poco entra el amor a la vida del niño, puede alegrarse 
con los triunfos ajenos, reconoce cualidades de sus pares, se relaja y serena.

Extracto del artículo de la revista YA, El Mercurio, 17 de abril 2007

lunes, 15 de octubre de 2012

La Sabiduría de las Emociones, Norberto Levy



“A veces nos sentimos desbordados por emociones como el miedo, la ira, los celos, la culpa o incluso la alegría. Creemos que amenazan nuestra paz interior, y por eso a menudo preferimos ignorarlas. Pero las emociones en realidad son valiosos mensajes cifrados que nos dicen mucho sobre nosotros mismos. Si aprendemos a escucharlas y a dialogar con ellas, nos abrirán un nuevo horizonte vital, lleno de serenidad y mayor compresión de quienes somos”.
El miedo, el enojo, la culpa, la envidia, la vergüenza, son emociones que todos conocemos y que alguna vez hemos sentido. Cuando no sabemos que hacer con ellas, cuando no hemos aprendido a ver qué problemas nos señalan y cómo resolverlos, se convierten entonces en puro padecimiento. Pero no es su único destino. Como en el plano físico, en el que cada órgano cumple una función específica y necesaria, en el universo emocional cada emoción cumple también una función de igual importancia.

Señales vitales

Una emoción es una tonalidad anímica. Ciertas emociones nos informan de lo que “tenemos”, como la alegría, la gratitud, la confianza o la solidaridad, y naturalmente son emociones agradables. Otras nos informan acerca de algo que nos falta, como la tristeza, el miedo, la envidia o la culpa. Estas emociones son, sin duda, dolorosas y por una confusión respecto a ellas las solemos llamar “negativas”, cuando en realidad no los son. Por el contrario, todas las emociones dolorosas son valiosísimas señales que nos remiten a problemas que estamos experimentando en ese momento. Por ejemplo, la envidia se define como un agudo dolor que es activado por la percepción de alguien que ha alcanzado algo que deseamos y no tenemos y que nos remite a nuestros propios deseos insatisfechos.

En este sentido podemos comparar a cada una de las emociones con la luz roja del salpicadero del automóvil que se enciende y nos indica que queda poca gasolina. Sin duda es desagradable y eventualmente doloroso encontrarse con la luz roja, sobre todo si estoy en medio de la carretera y desconozco dónde está la próxima gasolinera. Pero es necesario distinguir que el problema no es la luz sino lo que pone en evidencia: la falta de combustible.

Mente y emociones

La mente tiene un papel destacado en la gestión de nuestras emociones. Está en continua interacción con ellas y con frecuencia quieren cosas diferentes: “Quiero acercarme a tal persona y la mente me frena”… “Quiero mudarme de casa y la razón se opone”.

Los diálogos internos nos han hecho creer de forma errónea que entre mente y emociones existe un antagonismo natural. Y esta conclusión errónea complica aún más las cosas. Al no saber que hacer con las emociones, intentamos resolver los problemas que ellas nos presentan dominándolas o suprimiéndolas. Por ejemplo, estoy en una reunión de trabajo, me siento triste y tengo ganas de llorar. La mente inmadura dice: “¡cómo vas a llorar aquí… estás loco…! Siempre tú con tus necesidades extrañas… déjate de tonterías y presta atención a lo que dicen!”.

Sin embargo, la relación esencial entre la mente y las emociones es de complementariedad. La función de la mente es coordinar y posibilitar las emociones y éste es, precisamente, un rasgo de madurez. Cuando la mente ha alcanzado esa madurez, ante la situación del ejemplo anterior responde: “Llorar aquí es difícil, se te va a hacer todo más complicado. Te propongo irnos lo antes posible y que cuando lleguemos a casa llores todo lo que necesitas, ¿qué te parece?”. La mente madura reconoce la realidad del impulso emocional y lo respeta, evalúa las condiciones externas y sobre esa base propone algo. Propone pero no ordena.
Cuando padecemos una emoción dolorosa crónica eso nos indica una actitud inadecuada de la mente que evalúa la realidad, o al menos parte de ella, de forma errónea. Es entonces cuando transformar ese juicio se convierte en algo muy necesario. Por ejemplo, si tratamos siempre de reprimir nuestro enfado consecuencia de que deseamos ser tranquilos y seguros, la mente rechazará aquello que no coincide con nuestro ideal sobre nosotros mismos.

Nosotros somos tanto nuestra mente como nuestras emociones. Nuestro destino “psicológico” dependerá de la relación que establezcamos entre ellas: podrá ser un camino en el que predomine la insatisfacción y el sufrimiento o, por el contrario, un camino que recorramos tranquilos, aprendiendo y con la paz emocional que produce el sentirnos sabia y amorosamente respaldados (por nosotros mismos).

martes, 25 de septiembre de 2012

“La Emoción es más potente que la Razón”, Joseph Le Doux


En su libro El cerebro emocional, LeDoux explica cómo se originó su interés por este estudio: “Mi padre era carnicero, y yo pasé la mayor parte de mi niñez alrededor de la carne. A temprana edad aprendí cómo se ve el interior de una vaca; la parte que más me interesaba era el viscoso y arrugado cerebro. Ahora, muchos años más tarde, paso mis días –y algunas noches– tratando de descubrir cómo funcionan los cerebros; y lo que más quiero saber acerca de ellos es cómo producen las emociones”. Pero todo lo que tiene de osado al abordar en su libro cuestiones como el amor, la alegría o la tristeza lo tiene de cauto en esta entrevista para no ir más allá de lo científicamente demostrado.

–Decir de una persona que es más emocional que racional puede tener un matiz peyorativo. Pero en los últimos años lo emocional parece haber experimentado cierta rehabilitación. ¿Por qué?
–En la ciencia ha sido muy difícil estudiar la emoción. En cambio, los científicos pudieron estudiar la razón empezando a investigar la memoria, la percepción, la atención, y así fue posible hacer grandes progresos en la comprensión de estas cuestiones. Pero el concepto de emoción ha sido algo demasiado intangible, porque no hay nada más subjetivo en cuanto a percepción que la de una emoción. Lo que yo he tratado de demostrar es que es posible estudiar la emoción del modo en que se ha estudiado la razón; podemos analizar cómo el cerebro procesa estímulos emocionales para producir una respuesta emocional, dejando de lado todos los aspectos subjetivos. Lo que ocurre es que algunas personas nos dicen que entonces ya no estamos investigando la emoción. Pero a mí no me importa cómo la llamemos; lo que me interesa es estudiarla.

–¿Y qué es entonces la emoción para la ciencia? ¿En qué se diferencia de la idea que tiene de ella la gente de la calle?
–El conocimiento científico de la emoción de alguna manera contribuye a lo que el público en general considera como emoción. Me cuesta explicar esto sin un dibujo.
LeDoux coge entonces un papel y, tras dibujar la secuencia estímulo-amígdala-respuesta, explica que “el estímulo de miedo activa la amígdala que es la que produce la respuesta de miedo. ¿Entonces dónde está el sentimiento del miedo? En el pasado se pensaba que el estímulo producía el sentimiento de miedo y esto es lo que causaba la respuesta. Pero ahora pensamos que no es así, y que lo que ocurre es que el estímulo llega a la amígdala y a partir de ahí se produce por un lado la respuesta y por otro el sentimiento de miedo”.

–¿Qué faceta pesa más en la conducta, la racional o la emocional?
–Creo que la emoción es más fuerte que la razón, porque es fácil para la primera controlar la reflexión, y en cambio es muy difícil que el pensamiento racional controle la emoción. Cuando sentimos ansiedad o depresión, la razón puede decir basta, pero casi nunca consigue eliminarlas.

–¿Quiere decir que la emoción llega a controlar el pensamiento?
–Sí.

Coge de nuevo papel y lápiz y dibuja dos zonas del cerebro, el neocórtex y la amígdala, como dos polos enfrentados, y a continuación traza tres flechas que van del neocórtex a la amígdala y nueve que van en sentido contrario. Y argumenta: “Hay muchas más fibras nerviosas en este sentido –de la amígdala al córtex– que en este otro –al revés–. De modo que cuando se recurre al psicoterapeuta es para intentar reforzar mediante la palabra las señales que van del neocórtex a la amígdala. En cambio, la farmacoterapia ayuda a que las vías de comunicación que van de la amígdala al córtex tengan menos potencia, ayudando a debilitar las señales que van en este sentido”.

–¿Podemos decir que existe, aunque sea provisional, una teoría científica de las emociones que nos explica qué son y para qué sirven?
–Para saber cuál es el propósito de las emociones, tendríamos que leer la mente a lo largo de la evolución. Y, claro, no existe un registro fósil de las emociones.

–¿Pero para qué se supone que sirven las emociones?
–Con el miedo está claro, y lo único que yo estudio es el miedo (risas). Pero es mucho mejor ser concretos y específicos, porque si generalizas creas confusión en un área muy compleja como es ésta.

–¿Podemos hablar de emociones primarias y secundarias, o universales e individuales?
–Por una parte está el miedo a las serpientes, a las arañas o a objetos, como los ascensores. Son miedos primarios que pueden causar fobias. Existen también factores que no tienen un valor intrínseco amenazante, como puede ser la esquina de una calle de Barcelona, pero en la que te han asaltado, de forma que los nuevos estímulos crean nuevos miedos. Éstas son respuestas básicas. Pero luego existen otros miedos secundarios, como el miedo a tener miedo, que son tipos de emociones completamente distintas.

–¿Y qué hay respecto a otro tipo de emociones supuestamente básicas como la alegría o la tristeza?
–Yo no hablo de esas emociones, porque sólo he estudiado el miedo, y lo estudio porque es práctico. Durante décadas, la investigación era muy difícil, ya que no existía un concepto de emoción. Pero gracias a que nos hemos concentrado en una única emoción y nos hemos mantenido muy enfocados en ella, hemos podido avanzar.

–¿Son iguales los miedos de hombres y mujeres?
–Se han hecho investigaciones sobre las diferencias entre el miedo de hombres y mujeres, lamentablemente yo no estoy muy familiarizado con ellas.

–Pero parece que existen.
–No he examinado este tema, no he leído la literatura al respecto. Sé que existen diferencias en el miedo entre ratas macho y hembra, y esto está relacionado con las hormonas. Pero no sé qué relación tendría esto con las diferencias entre los miedos de hombres y mujeres.

–¿Cree que todas estas investigaciones redundarán en fármacos o píldoras contra el miedo, por ejemplo, pero también contra otro tipo de emociones?
–Mi trabajo de investigación en particular no nos conducirá a una píldora, pero quizá el de otros sí.

–¿Está la timidez relacionada con el miedo? ¿Podría existir una píldora contra la timidez?
–Humm. Es una noticia que se ha podido leer en los periódicos.

–¿Y esa píldora qué hacía?
–Actúa sobre la serotonina (un neurotrasmisor cerebral). Sí podría ser posible, pues si se reduce el miedo y la ansiedad se tiende a ser menos tímido. Pero es difícil responder, porque no sabemos cómo la investigación sobre animales podrá ser traducida a los seres humanos. Tampoco sabemos si vale la pena que un niño tímido, por ejemplo, lo sea menos pero viva con un sistema de serotonina alterado. Ni qué consecuencias traería tomar píldoras de este tipo durante, pongamos, 20 años.

–La premio Nobel Rita Levi-Montalcini decía que cerebro y mente son la misma cosa. Otro neurocientífico insigne, Antonio Damasio, en su libro El error de Descartes establece la ecuación de que mente es igual a cerebro más cuerpo. ¿Usted qué dice?
–Yo no creo que el cuerpo necesariamente deba ser incluido en esa ecuación, porque entonces podríamos decir que el cuerpo simplemente refleja la reacción del cerebro. Si incluimos el cuerpo podríamos añadir el entorno y al final resulta que todo influye sobre la mente. Yo diría más bien que la mente es un aspecto de la función del cerebro, pero algunos de estos aspectos no son mente.

–¿Cómo se podría explicar para qué sirve la amígdala? ¿Se puede vivir sin amígdala?
–Sí, hay gente que vive sin amígdala, pero es complicado explicar para qué sirve. La amígdala es útil para desencadenar respuestas rápidas ante situaciones de peligro. Pero seguramente es mucho más dañino extraer la amígdala de una rata que de una persona, porque una persona puede conceptualizar el peligro y formular un plan para reaccionar ante él. De modo que si está enfrentada a un peligro, sabe que lo es y lo racionaliza. Digamos que las personas pueden no tener la respuesta instintiva pero sí la cognitiva que compensa la falta de la amígdala. Y mientras antes pierdes la amígdala en tu vida más tiempo tienes para compensar su pérdida.

–En esta década de los noventa que ahora concluye y que fue proclamada como década del cerebro, ¿qué pasos se han dado en la comprensión de este órgano?
–Creo que se ha hecho un gran progreso en la biología de la memoria, la emoción o la genética molecular de ciertas enfermedades, como la Corea de Huntington. Se ha hecho además un avance importantísimo en la comprensión del desarrollo cerebral. Ahora sabemos que el cerebro tiene capacidad de generar nuevas neuronas en algunas áreas, y esto puede conducirnos a desarrollar terapias contra enfermedades como el mal de Parkinson o los trastornos de la memoria.

–¿Cree que se podría conseguir en los próximos años una teoría global del cerebro? ¿Qué aportación le gustaría hacer?
–Pienso que actualmente existe demasiada fragmentación. Existen módulos distintos para la memoria, para la cognición, para la emoción... Y creo que lo que necesitamos es integrarlos. En estos momentos estoy escribiendo un nuevo libro que de alguna manera intenta hacerlo y se titula El yo sináptico.

Esta entrevista fue publicada en enero de 2000, en el número 224 de MUY Interesante.


lunes, 6 de agosto de 2012

"Chicory: entre la envidia y la admiración", Eduardo Grecco


Un rasgo esencial del Chicory es el amor entre las personas, ya que, nos enseña el valor de la cercanía, el contacto y el cuidado en una relación afectiva interpersonal. Este movimiento de aprender a encontrar y conocer el amor dentro de nosotros fluyendo hacia el otro, constituye una experiencia fundante, en el sentido, de que nos enlaza con el hecho de que la evolución y el crecimiento sólo se producen en relación, que los vínculos son la esencia de la existencia y, en ese sentido, el Chicory resulta un excelente maestro para el Water Violet.

Por todos es conocido el costado vulnerable del Chicory: su posesividad, su apego, la sobreprotección con la cual encubre el ansia de dominar al otro, su temor a la perdida, la exclusión y el rechazo, su afán de figuración y protagonismo. De manera que no vamos a insistir en estos aspectos sino a referirnos a ciertas emociones, en especial la envidia y su polaridad emocional la admiración, que tejen en el corazón del Chicory una telaraña que le impide construir una vida independiente a partir de sí mismos. Es que, por la razón que sea, lo que hacen permanentemente es ser solo desde la envida o la admiración, desde la opacidad de hablar mal de otros o reverenciarlos, desde la confrontación o la aceptación, pero nunca desde el centro de ellos mismos.

La envidia en el Chícory

La envidia guarda una relación estrecha con la gula y el Chicory es un glotón empedernido tanto de los dulces comestibles como de los elogios y reconocimientos que son como bombones para su ego. Tanto afán por lo azucarado esconde una fuente de amargura que lo lleva a envidiar lo que otros tienen, hacen o son, sin darse cuenta que en este simple acto están mostrando que reconoce inconscientemente el valor del otro. Sólo se envidia lo que se considera valioso, solo se intenta destruir y desacreditar aquello que se admira.
Al envidioso le afecta la prosperidad, la felicidad y el éxito del otro. El bienestar ajeno lo irrita, lo angustia y lo desespera. Quiere apoderarse de todo ese valor, porque detrás de la envidia se puede reconocer la presencia de una adictiva y desmesurada codicia, que el Willow la desarrolla a partir de una percepción impersonal y el Chicory sólo en relación a alguien que ama o admira. De manera que, la envidia, puede ser considerada como el lado siniestro de la admiración y que el envidioso despliega su acción frente al desamparo de sentir ser nadie entre los otros y, con sus ataques, lo que busca es justamente esto: reconocimiento, ser alguien, estar en el escenario, ocupar el lugar de quien quiere destruir con sus ataques envidiosos.
Es por esto que la Psicología enseña, largamente, que detrás de la envidia hay fuertes incapacidades anímicas, complejo de inferioridad, inseguridad, egolatría, capricho, infantilismo y, sobre todo, una falta de esperanza de alcanzar lo que se envidia.
Frente a esta condición uno de los mecanismos envidiosos que el Chicory desarrolla es la malevolencia de la palabra: hablar mal de otro, tratar de destruirlo y descalificarlo utilizando información de su vida privada, no respetando la intimidad ajena, distorsionando la realidad, tratando de socavar las amistades que los otros tienen entre si, intentando desunir y separar.
Esta conducta no sólo no se reduce al “decir” sino, también, a poner en boca de la persona a la cual se envidia comentarios sobre otros (generalmente negativos) para así fomentar desconfianza, inquina y animadversión. Y, cuando no consigue encontrar “esqueletos en los armarios”, es decir historias sobre las cuales fundar sus ataques envidiosos, las inventa psicopáticamente. Entonces, nos enfrentamos, para decirlo con una metáfora astrológica, con un Chicory que tiene un Vine en su ascendente. Del mismo modo, cuando encubre la envidia tras una causa, en la cual se ofrece como salvador o rescatador, nos vemos con un Chicory con ascendente Vervain. Imaginemos este trilema floral funcionando en conjunto.
Entonces, el Chícory es un chismoso, una alegre comadre, un metiche, que mediante su palabra quiere envenenar y enturbiar las obras ajenas. Obras son amores y no buenas razones, decía mi abuela. Todos los seres humanos tienen sombras y luces pero el Chicory sólo se detiene y fija en las obscuridades del otro, ya que, a causa de su miserable condición de incapacidad, proyecta en el afuera su propio infierno personal.
La envidia, como emoción Chicory, reclama reliquias, trofeos, víctimas sobre los cuales sostener su identidad. Su impotencia para admirar y modelar con gratitud al otro lo vuelve afanoso y activo con sus torcidas intenciones. Pero aún cuando pueda enterrar con sus acciones la virtud ajena, ella permanecerá viva. Nunca la codicia de la envidia Chicory podrá, aunque lo intente, mostrar otra cosa que su propia pobreza personal.

La curación de la envidia

Existe una tradición sobre la envidia que consiste en considerarla como una forma de odio y pensarla como una acción agresiva que es reflejo de la destructividad que esa persona aloja en su interior.
Sin embargo, la aniquilación del otro, de sus logros o sus obras, no es la finalidad última de la envidia. De lo que realmente se trata, en esta emoción, es de la imperiosa exigencia de borrar un espejo que, al mirarnos, nos produce mucho dolor. ¿Por qué? Por que ese espejo nos coteja con lo que deseamos y no somos o no fuimos capaces de realizar, de modo que, destruir al otro es el medio para romper este testigo y extirpar la presencia de una verdad que duele: ojos que no ven corazón que no siente. Puesta así la envidia no sólo indica amargura, odio, rabia, rencor, sino penuria, impotencia, desesperación y carencia.
Al agraviar, ofender, hablar mal del otro, el Chicory descarga en estallidos su dolor y, al mismo tiempo, pone en evidencia su sentimiento negado de inferioridad ante el otro. Para él, la sola existencia del otro es motivo suficiente para percibirse humillado y esto es lo que intenta evitar hacer consciente.
La cura de esta emoción mal aspectada consiste en reconocer este rasgo carencial y su relación con episodios infantiles de los cuales la situación actual es una repetición. Para ello, el Chicory brinda una ayuda importante y nos permite descubrir que en la misma energía inadecuada de la envidia esta su penitencia y su virtud. Después de todo la energía envidiosa es la que, transformada, sirve de base al proceso de modelaje que permite incorporar lo valioso que el otro tiene y hacerlo parte nuestra. La consecuencia es la gratitud: “no importa lo que haya pasado entre nosotros, de ti aprendí y por eso estoy agradecido.”
Cuando observamos la acción de esta esencia en esta dirección, también, podemos descubrir que nosotros, los terapeutas, no estamos exentos de envidiar, no sólo a nuestros colegas, maestros y sus variedades admirables, sino a nuestros propios pacientes. La envidia, como cualquier otra emoción, es un camino y una maestra poderosa en el sendero de la evolución que nos señala la presencia de un deseo que ha quedado sin cumplir. La pregunta es si se trata de un deseo del Alma o una necesidad de la personalidad. En este último caso aparece como un apego para ser aniquilado, en el primero como un mandato de vida que nos falta realizar.